A prueba de todo

El ranking de los mayores bancos de América Latina es la prueba de lo que dijimos el año pasado: el blindaje de las entidades financieras ha funcionado... hasta ahora.

Cuando el orbe comenzó a hablar de la crisis financiera mundial, no deben haber faltado los pesimistas que, acostumbrados por la historia latinoamericana, comenzaron a elaborar listas mentales sobre bancos latinoamericanos que desaparecerían. Porque, obviamente, si un Lehman Bros o Bear Stearns podían desaparecer de la noche a la mañana, era cuestión de tiempo antes que los bancos latinoamericanos cayeran flagelados como moscas.

Pero las cosas se han volteado, al menos en el ámbito financiero: mientras el sistema bancario norteamericano aún sufre de una gripe peor que la AH1N1 el latinoamericano está apenas constipado y no ha pedido licencia.

Ejemplos que sirven para graficar que el mundo bancario está al revés abundan. Uno de éstos es que, a septiembre de este año, la capitalización de mercado de los bancos peruanos, por ejemplo, haya subido un 50,1%, mientras que la de los bancos estadounidenses cayó en 2,3%. Si miramos a Brasil, el aumento ha sido de 23,8%. Y para que siga pareciendo ficción, en cuanto a rentabilidad, el retorno promedio de los bancos de América Latina fue de 15,6% (se destaca Perú, con un retorno promedio de 27,7%), mientras el sistema bancario norteamericano en su conjunto sólo exhibe números rojos. Un dato más: de acuerdo al Índice de Basilea –que mide el capital equivalente a los activos ponderados por el riesgo– los países de América Latina están en torno al 15%, mientras que Estados Unidos, Reino Unido y Alemania, bordean el 12%.

La fórmula para esta subversión del orden lógico ha provenido de la experiencia histórica. Tras las sucesivas crisis internacionales que dejaban por el suelo a América Latina, la región fue configurando un sistema precavido y responsable. Si bien esa característica pudo ralentizar el sistema financiero, hoy muestra sus réditos al resultar una banca sólida y capitalizada como para capear las olas de la recesión mundial. Según ha destacado la Federación Latinoamericana de Bancos, o Felaban, en 1999 el 31% de los países de la región tenían agencias de supervisión, mientras que actualmente el porcentaje es 88%. Algo similar pasa con los sistemas de custodia de valores, que en el pasado eran empleados por 27% de los países y hoy por 91%, o las leyes que penan el uso de información privilegiada (de 25% a 94% de los países).

Aunque todo esto parezca alentador, no quita ni por un instante el escenario de crisis en el que hay que ver los números de esta edición especial. Especialmente porque, si bien no ha habido un desplome de la banca latinoamericana –con múltiples quiebras llenando las portadas de los diarios– como pudo suponerse en un momento al ver el colapso de bancos centenarios en Estados Unidos, tampoco es que no haya pasado nada y finalmente todo lo positivo de esta historia se puede ir al tacho si la recuperación económica global se retrasa. Esto, porque América Latina sigue siendo América Latina, lo que significa que por sí sola no saldrá de la recesión, lo que en términos prácticos conlleva que los actuales problemas de liquidez –en una larga espera– pueden transformarse en goteras que terminen afectando finalmente su solvencia, si el planeta no se apura en recuperarse.