Visiones de futuro

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Necesitamos ponernos metas de infraestructura y calcular costos según escenarios.
Marco Kamiya

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Hay tres grandes visiones para imaginarse el futuro en América Latina en el 2050, todas con algo de verdad:

La visión ciencia ficción es la más sencilla, no hay que pensar mucho porque es mayormente tecnológica, de la que surge un futuro con tecnologías de ‘Smart Cities’, con edificios ecológicos, masiva aplicación de internet de las cosas a todos los aspectos de la vida diaria, y sistemas de transporte aéreo donde los automóviles se confunden con aeronaves en autopistas aéreas.

La visión neo-maltusiana se relaciona con la escasez progresiva de recursos o con abuso del medio ambiente que va frenando el crecimiento de la sociedad. Esta opción pronostica la crisis de las ciudades por la tensión entre calidad de los servicios, ecología y crecimiento poblacional.

La visión prospectiva, que es la que propongo como la más técnica y mejor forma, es observar lo que deberíamos hacer, pensar en una línea de base, medir lo que no se está haciendo, y tratar de calcular el costo de inacción o de no actuar.

La imagen futura que emerge de los indicadores de inversión en infraestructura, innovación, productividad y educación de América Latina no es buena. Los límites estructurales al desarrollo de empresas competitivas van a significar una reducida base impositiva que va a restringir el desarrollo urbano de las ciudades y la capacidad de los gobiernos de ofrecer mejores servicios.

Un estudio de prospectiva realizado por CAF y el Centennial Group (“América Latina en el 2040: Romper con la complacencia”) indica que América Latina es la región mejor dotada del mundo en desarrollo en base a recursos, pero con enormes brechas de productividad y capital humano para reducir las brechas contra otras regiones, en especial los países de Asia del Este.

El informe indica que América Latina podría estar sufriendo la trampa de ingreso medio, con un ingreso mayor al de países menos desarrollados, pero incapaz de avanzar hacia una sociedad más sofisticada en productividad y estilos de vida.

Según ONU-Habitat, en el 2050, nueve de cada 10 latinoamericanos vivirán en ciudades, y para entonces financiar los servicios que van a requerir las urbes será el mayor desafío de los países y autoridades locales.

Va a haber un gran desarrollo de empresas por el crecimiento de urbes y clases medias, pero las empresas competitivas ‘globales’, aquellas de la región que hacen algo mejor que nadie más, van a ser pocas, y también habrá predominancia del sector servicios, resultando una división entre sectores de la población con ingresos muy elevados, pero al mismo tiempo falta de empleo y desigualdad con consecuentes problemas sociales.

Éste es sólo uno de los escenarios, el más pesimista que resultaría de la inacción. Una prospectiva inteligente se requiere hoy con ejercicios analíticos y la rigurosidad cuantitativa que merecen. Por ejemplo, las ciudades y países deberían fijarse al año 2050 tres diferentes escenarios de óptimo a moderado; para cada escenario habría que estimar el costo de alcanzar metas en infraestructura, innovación, y otros sectores; con esas metas hay que calcular los costos necesarios.

Las imágenes del futuro obvian muchas veces la ecuación entre metas y costos; son irreales e inútiles para formular políticas. Ésa es claramente la gran diferencia entre un escenario de ciencia ficción, la neo-maltusiana y la de prospectiva.

Las grandes ciudades de América Latina seguirán creciendo, y en ese proceso las autoridades locales tienen hoy un poder y protagonismo mayores que en el pasado para diseñar políticas y marchar hacia los escenarios óptimos.

No podemos saber qué nos depara el futuro, pero podemos intuir técnicamente que la América Latina del 2050 va a pertenecer a las ciudades que están haciendo hoy –tres décadas antes– lo que se requiere en  infraestructura, innovación, productividad y educación.


Marco Kamiya

Especialista Principal en Competitividad y Políticas Públicas,
CAF Banco de Desarrollo de América Latina*,
miembro del Consejo Consultivo de Ciudades de AméricaEconomía.

(*) Las opiniones de este ensayo son personales y no comprometen a CAF.

 

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