Seguridad del paciente

Los protocolos para disminuir riesgos son un avance significativo del sector.
Jaime Mañalich
Jaime Mañalich
Médico cirujano, Universidad de Chile, ex ministro de Salud

Por cinco años, América Economía ha publicado un ránking de calidad de los hospitales y clínicas de Latinoamérica. Es un esfuerzo encomiable de transparencia de las instituciones que han participado.
Dentro de los aspectos evaluados, destaca la seguridad de los pacientes. Que los hospitales cuenten con protocolos para disminuir los riesgos es un avance sustantivo y un reconocimiento de humildad. Los hospitales pueden producir daño y la lista de potenciales accidentes es larga. Medicamentos errados; dosis incorrectas a pacientes que no les corresponden; transfusiones mal indicadas; cirugías en lado equivocado; infección intrahospitalaria; operaciones no consentidas; tecnología obsoleta; personal haciendo procedimientos para los que no están calificados; antecedentes de alergia grave a fármacos que no se verifican, son algunos de los ejemplos de ocurrencia frecuente.
Estos accidentes se traducen en desconfianza, conflictos, demandas, indemnizaciones, gasto para los seguros y el Estado y desprestigio para el sistema sanitario y sus agentes. En una aproximación conservadora, no menos del 10% de las camas de tratamiento intensivo de adultos están ocupadas por pacientes que sufrieron complicaciones en su tratamiento. Es decir, adquirieron en el hospital una enfermedad diferente a la que los hizo ingresar.
El ránking de AméricaEconomía pondera en un 25% esta dimensión. Este solo tema ya ameritaría la construcción de un sub-indicador sobre los hospitales más seguros de América Latina.
La judicialización de las acciones médicas y el elevado costo que pagan los pacientes o terceros por los efectos adversos del hospital presionan en este sentido. Es necesario contar con una doctrina de calidad, con personal dedicado a este objetivo, y con protocolos de seguridad, que deben ser revisables pero a la vez inviolables. Hacia este objeto apunta también el creciente financiamiento por Pago Asociado a Diagnóstico, o GRD, que implica que el costo de la inseguridad y el error debe ser asumido por los prestadores. Quien no se prepare para esta nueva visión no tendrá posibilidades de subsistir.
En Chile se promulgó una Ley de Derechos y Deberes, que busca explícitamente mejorar esta dimensión. Una de las garantías de la Reforma de Salud del año 2005 era precisamente la de Calidad y Seguridad. Paradojalmente, esta dimensión, que obliga a los recintos públicos y privados a un riguroso proceso de acreditación para recibir pacientes de patologías complejas, es la única que aún no se implementa.
La consideración básica que impulsa una doctrina de seguridad y calidad hospitalaria no es financiera. La presión de gobiernos y seguros es mínima en torno a este objetivo. Unos y otros traspasan directamente a mayor presupuesto o primas los costos del error. La consideración es ética. El mandato hipocrático es “En primer lugar, no harás daño” (Primum non nocere). Es lo que un estudiante debe aprender y debe jurar al final de su formación universitaria. Reconocer la capacidad para generar sufrimiento y prevenirlo es la clave del liderazgo clínico del siglo XXI.
El paciente debe estar informado de sus opciones y riesgos. Los protocolos de seguridad deben ser conocidos, seguidos, monitorizados por terceros y mejorados continuamente. No se debe hacer aquello para lo que no se está preparado. La correcta identificación de los pacientes debe ser una obsesión del hospital. Los medicamentos peligrosos deben guardarse en pequeñas cantidades.
Procesos de mejora continua, informar sin temor de los errores, auditorias de los cuasi-errores (situaciones que teniendo la potencia para producir daño, no lo lograron) son algunas de las acciones que ayudan a estos objetivos. Y preguntarse si, cuando se destaca en los medios una posible negligencia en alguna institución, estamos protegidos para que ella no ocurra en la nuestra. Sólo así se podrá recobrar la confianza que se ha quebrado; gastar menos en lo innecesario, y concentrarnos no en las pólizas de seguros o en los abogados, sino en el fin para el cual el hospital ha evolucionado: estadías breves, sin agregar enfermedad, y con el mejor uso de recursos escasísimos. El impacto sería notable. n