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Chile: Ciudades fénix

Los desastres naturales son una oportunidad para construir urbes más modernas y más resistentes. En el Chile post terremoto la quieren aprovechar.

La forestal Arauco es una de las pocas empresas chilenas en producir energía a través de biomasa. Su planta de Constitución, ciudad costera de 50.000 habitantes, incluso genera excedentes que la empresa traspasaba al Sistema Interconectado Central (SIC), la red que cubre casi 70% de las necesidades energéticas de este país.

Tras el terremoto y maremoto de febrero, la planta y gran parte de la ciudad quedaron severamente dañadas. Pero Arauco ahora evalúa la posibilidad de que, una vez de vuelta en operaciones, inyectar sus excedentes de energía a la futura ciudad que se levantará desde los escombros.

  Destruidas Daño mayor Daño menor Total
Costa 7.931 8.607 15.384 31.922
Adobe urbano 26.038 28.153 14.869 69.060
Adobe rural 24.538 19.783 22.052 66.373
Conjuntos habitacionales privados 17.449 37.356 50.955 131.238
Conjuntos habitacionales estatales 17.499 37.356 76.433 131.238
Total 81.444 108.914 179.693 370.051

El caso de Arauco, una empresa con ventas de US$ 3.800 millones en 2008, muestra que los desastres naturales pueden ser una oportunidad para repensar las ciudades latinoamericanas, muchas de las cuales han crecido caóticamente durante las últimas décadas. En Chile se ha abierto un debate sobre cómo rehacer las decenas de ciudades y poblados destruidos por el terremoto, discusión en la que han participado arquitectos, ingenieros, medioambientalistas e incluso ex presidentes.

No es un tema fácil. Cualquier urbanista sueña con su propia Brasília: un gran sitio eriazo para desarrollar la ciudad soñada. Pero los expertos distinguen tres etapas después de un desastre: la emergencia, la transición y la reconstrucción. Las decisiones que se toman en cada una afectan el resultado final. “Es necesario planificar, pero hay muchas otras cosas que se tienen que hacer sin planificación”, dice Luis Valenzuela, del Observatorio de Ciudades de la Universidad Católica, en Santiago.

Después del terremoto de enero, en Haití, muchas familias damnificadas se instalaron en lugares de emergencia que no cumplen con requisitos para ser urbanizados en el largo plazo. “Ahora existe el peligro de que los campamentos provisorios se conviertan en barrios permanentes”, dice Erik Vittrup, funcionario del programa de Asentamientos Humanos de ONU Hábitat, en Rio de Janeiro.

Chile ya tiene experiencia en reubicar ciudades. En 2008 el volcán Chaitén se activó y destruyó la ciudad del mismo nombre, ubicada a unos 1.100 kilómetros al sur de Santiago. El gobierno tuvo que evacuar y trasladar Chaitén al pueblo de Santa Bárbara, unos 10 km al norte. Ahí se instalaron la municipalidad y otros servicios, pero la nueva ciudad no estará lista antes de 2012.

Cualquier reconstrucción es lenta y puede atentar contra un diseño “pensado”. Para Pablo Allard, funcionario del Ministerio de Vivienda y Urbanismo chileno (Minvu), encargado de dirigir la recuperación post terremoto, la primera tarea es trazar lo que llama “la delgada línea roja” entre las zonas que no se pueden habitar, las que sí se pueden, pero con restricciones, y las libres. “El territorio cambió. Una vivienda que antes estaba en tierra firme quizás hoy esté en el cauce de un río o un estero”, dice. “Tenemos que estar atentos e ir coordinando las acciones urgentes con la planificación definitiva”.

 

Árboles de contención

La actual situación chilena ha llevado a los expertos locales a pensar en nuevos métodos de mitigación de desastres. Una idea del Minvu es plantar más árboles en zonas de riesgo de tsunami, ya que éstos sirven como una contención natural a la fuerza del mar. “La idea es que no sean sólo obras civiles, sino que también se generen espacios públicos”, dice Allard. En el caso de Iloca, una localidad costera que se extendía a lo largo de la orilla del mar, Valenzuela propone una costanera para fomentar el turismo y la pesca, las principales actividades de este pueblo antes del terremoto, pero que también funcione como disipador de la energía liberada por un maremoto.

También hay que crear sistemas de alerta temprana y vías de evacuación claras. Cuando Nueva Orleans sufrió el embate del huracán Katrina, en agosto de 2005, las vías de escape estaban pensadas para familias con auto y no para la mayoría de la población negra que se trasladaba en transporte público. La reconstrucción tomó en cuenta ese error. Algo similar podría suceder en Chile. “Muchos poblados costeros en el sur se han urbanizado sin resguardos. Ahora se deben dejar claras y expeditas las rutas y las maneras de evacuar”, dice Valenzuela.

Eso, sin contar que las viviendas pueden tener mejores estándares. Tras el terremoto de Ciudad de México en septiembre de 1985, se edificaron 50.000 viviendas básicas adicionales a los programas regulares. Cada una tenía poco más de 40 metros cuadrados, pero contaban con cocina y baño, un avance respecto a las destruidas vecindades con servicios comunes. En Chile hubo 370.000 viviendas destruidas y el gobierno lanzó un programa de subsidios para 323.000 familias, con un costo de US$ 2.500 millones.

Algunos han propuesto que las nuevas viviendas incorporen tecnologías ambientales modernas que contribuyan a que Chile baje su huella de carbono. “Si hay que construir cientos de miles de viviendas, ¿por qué no exigimos que todas tengan también su propio sistema de generación eléctrica solar o eólica?”, proponía el ex presidente Ricardo Lagos en una carta abierta publicada el 22 de marzo.

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