Ranking 2010
Las mejores ciudades para hacer negocios
en América Latina

Lima, la insufrible

La falta de seguridad y el caos en el transporte aún impiden que la capital peruana dé un salto que refleje el crecimiento económico del país.

Primer hecho real: A fines de febrero cinco delincuentes armados desataron una  balacera a plena luz del día en el Jockey Plaza Shopping Center, uno de los centros comerciales más prósperos, concurridos y vigilados de Lima. Segundo hecho real: Nada simboliza mejor el caos vehicular limeño que las combis, unas camionetas rurales que hacen de transporte público. Sus alocadas carreras son parte del ADN limeño, al punto que el juego peruano más popular en Facebook se llama “Crazy Combi”.
Ambos hechos retratan los desafíos que enfrenta Lima, que pese al sólido crecimiento económico que Perú ha tenido en los últimos años, aún no logra sacudirse del peso de años de crecimiento urbano caótico y del violento pasado de la guerra contra Sendero Luminoso en los años 80.

LimaLima, la encantadora

La creciente sensación de inseguridad y el histórico desorden vial de Lima no han frenado el auge económico de la ciudad ni espantado a capitales foráneos, que siguen apostando al retail, la banca y los servicios limeños.

Pero la creciente sensación de inseguridad y el tradicional caos urbano no han impedido el auge económico de la ciudad, que ha atraído capitales extranjeros en sectores como el retail y la banca. Aunque una tajada importante de las inversiones se la lleva el sector minero, que no está en Lima, las finanzas y comunicaciones, que sí se concentran en la capital, acapararon en 2009 casi 35% de la inversión extranjera directa, según la agencia de promoción de inversiones privadas de Perú. Eso explica, en parte, que en la actual edición del ránking AméricaEconomía de las mejores ciudades latinoamericanas para hacer ngocios, Lima ocupe el décimo lugar.

La sensación de inseguridad en Lima se ha disparado, a pesar de que los delitos no han aumentado en los últimos años, según las cifras oficiales. En 2008 se registraron en total 67.768 delitos en Lima, un poco menos que los 67.832 de 2007. Las encuestas indican que la delincuencia se ha convertido para los limeños en el principal problema de esta ciudad de 8 millones de habitantes, que alberga a la tercera parte de la población peruana. Un sondeo de la Universidad de Lima realizado en diciembre de 2009, muestra que 75% de los limeños considera que su ciudad es insegura. 

Carlos Basombrío, ex viceministro del Interior del gobierno de Alejandro Toledo y experto en seguridad, echa luces sobre esta brecha entre sensación de inseguridad y la tasa real de delitos. En su opinión, la creciente cantidad de delitos menores, como los robos al paso, transmite a los limeños la sensación de estar desprotegidos y vulnerables. No obstante, si se comparan delitos más graves, como la tasa de homicidios, por ejemplo, Lima está lejos de ser una de las ciudades más peligrosas de América Latina. Aun así, Basombrío considera que la situación se deteriora.

Eduardo Pérez Rocha, secretario general del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana (Conasec), organismo encargado de formular y dirigir las políticas de seguridad nacional, niega que Lima viva una ola de violencia o una escalada de asesinatos a manos de sicarios, como han destacado algunos medios locales. Sus estadísticas señalan que, en lo que va de 2010, sólo se han registrado tres ejecuciones.

Elizabeth Salmón, catedrática de la Pontificia Universidad Católica del Perú y especialista en temas de seguridad, dice que hay que ver el tema de la delincuencia a partir de un contexto mucho más amplio. Según ella, Lima y otras ciudades peruanas aún están sufriendo de un trauma post-conflicto tras la cruenta guerra contra el terrorismo. “Tras una guerra  hay gente con armas y víctimas que no han podido reinsertarse en la sociedad. Las expectativas son muy altas y las posibilidades de desarrollo muy bajas”, dice.
Al igual que en muchas urbes de la región, la policía de Lima sufre de escasos recursos, equipamiento pobre y personal mal pagado. Pero tanto Basombrío como Salmón coinciden en que, más allá de asignar más recursos a la policía, la ciudad no cuenta con una política pública clara respecto a la seguridad ciudadana.

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