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El ataque del gas

La disponibilidad de gasificación de los hidrocarburos de Brasil podría cambiar drásticamente este mercado centrado hoy en la oferta boliviana. Kelly Lima

El ataque del gas

El clima fue incómodo durante la presentación realizada por el presidente de la Empresa de Investigación Energética (EPE), Mauricio Tolmasquim. Este ejecutivo de confianza de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, había dicho hace algún tiempo que los combustibles fósiles no tenían espacio en la matriz energética brasileña. Pero tuvo que desdecirse.

El gas natural ha vuelto a saltar al primer plano del escenario, lo que sin duda tendrá repercusiones en la geopolítica de los países de América del Sur. “El mayor obstáculo para el gas era el precio, que hoy ha cambiado”, dice el presidente de EPE.

Hasta el 6 de junio pasado, cuando Tolmasquim presentó ante la prensa el programa energético brasileño 2011-2020, se entendía que el gas natural, el diésel y la gasolina no entraban como insumo en la generación de electricidad en el país más grande de América Latina. Pero los objetivos han cambiado, ya que el gobierno brasileño se dio cuenta de que no puede seguir dependiendo exclusivamente de la hidroelectricidad.

“Ha habido una creciente dificultad en la concesión de licencias”, dice Tolmasquin. “Y si no tenemos licencias para las hidroeléctricas, hay que introducir termoeléctricas. Éste es un signo de la política energética”.

Las manifestaciones laborales contra las plantas en los ríos Madeira, Santo Antonio y Jirau, la paralización judicial de Belo Monte, el anuncio de que Alemania cerrará sus centrales nucleares para el año 2022, todo ello redujo aún más las opciones de energía en Brasil. En definitiva, la alternativa es el gas natural.

“Habrá una transición de la fuente de energía más sucia a otra más limpia. El precio del gas aún tiende a caer, lo que hará cambiar la dinámica en América del Sur”, dice el director del Centro Brasileño de Infraestructura (CBIE), Adriano Pires.

EPE prevé un suministro potencial anual de 109 millones de m3 de energía este año, que aumentarán a 193 millones de m3 en los próximos nueve, considerando la producción del pré-sal. Para ello Brasil apuesta a tres unidades de regasificación del petróleo. Dos de ellas están en Rio de Janeiro, con una capacidad diaria de 14 millones de m3, y otra en Ceará, con 7 millones de m3 por día. Una cuarta unidad está siendo construida en Bahia. En conjunto, asegurarán a Brasil unos 35 millones de m3 por día, superando lo actualmente comprado a Bolivia.

El descubrimiento de importantes reservas en el pré-sal también ha tenido repercusiones sobre la relación comercial entre Brasil y Venezuela. Petrobras ha renunciado a estar presente en el campo de Carabobo, cuya producción era considerada estratégica.

El pré-sal, en todo caso, no es fruto exclusivamente del azar. Desde 2006, cuando fue sorprendido por la amenaza de suspensión del suministro de gas desde Bolivia, Brasil ha venido invirtiendo en infraestructura y exploración en su propio territorio. La estatal Petrobras está considerando la posibilidad incluso de instalar una planta de licuefacción en altura, en su área de producción, para transportar grandes volúmenes que se extraen desde el pre-sal y llevarlos a sus principales centros de consumo.

¿Cuál será el futuro de la tubería de 3.150 km que une a Brasil y Bolivia?

La intención de la empresa es producir 202 millones de m3 por día en 2020, de los cuales 182 millones de m3 por día se generarán en Brasil y 20 millones de m3 por día, en el extranjero, según el último plan de inversión. Para asegurarse de que cuenta con infraestructura y logística para mover la energía hacia la costa, sin necesidad de apelar a una compleja e inflexible red de gasoductos, Petrobras está llevando a cabo un estudio con tres de sus socios: la española Repsol, la británica BG y la portuguesa Galp, que en conjunto evaluarán la viabilidad de la planta de licuefacción de combustible que está cerca de los campos de producción. Le expectativa es que la oferta supere al consumo brasileño y haya un excedente de hasta 66 millones de m3, dependiendo del consumo de las centrales térmicas proyectadas por el gobierno.

La duda boliviana

Entonces, ¿cuál será el futuro de la tubería de 3.150 km que estrechó las relaciones entre Brasil y Bolivia a lo largo de este siglo?

La petrolera boliviana YPFB sigue con atención el escenario y comenzará a negociar con Petrobras en la extensión del contrato de suministro, actualmente limitado a 31 millones de m3 diarios y que expira en 2019. El presidente de la filial de transporte de YPFB, Cristián Inchausti, estuvo en mayo de este año en Brasil para iniciar una campaña de marketing y estrechar contactos con ejecutivos de la estatal brasileña.

La estrategia boliviana se centra en el precio. YPFB argumenta que en Brasil el costo de extracción del gas es cinco veces más alto que en Bolivia. También existe la garantía de suministro continuo. “Tuvimos periodos difíciles. Sin embargo, se negoció la satisfacción y nunca le faltó gas a Brasil”, dice Inchausti.

Se refiere a 2006, cuando muchos bolivianos celebraron la nacionalización del recurso mientras las empresas abandonaban el país. Como consecuencia, se redujo drásticamente la disponibilidad de gas para el suministro de Buenos Aires, obligando a los consumidores a recurrir a Trinidad y Tobago.

Inchausti considera la instalación de equipos de compresión a lo largo del gasoducto Bolivia-Brasil para aumentar la capacidad actual de la red de 31 millones de m3 por día hasta por 48 millones m3 diarios, volumen previsto en el proyecto original. Para hacer frente a un posible aumento de la demanda interna en Brasil y en Argentina, Bolivia está dispuesta a aumentar su producción de 45 millones de m3 diarios a 70 millones de m3 diarios. De ese total, 13 millones de m3 diarios serían consumidos internamente y el volumen restante, exportado a países vecinos. Parece mucho, pero Bolivia confía en la inversión, no sólo de YPFB, sino también de Petrobas, Repsol, la francesa Total y Gazprom de Rusia. Están apostando a que una parte significativa de los fondos destinados a la generación nuclear migre al gas natural como consecuencia del “efecto Fukushima”.

“El gas no es lo mismo que el petróleo. Con las plantas de licuefacción, el gas se ha convertido en un commodity”, dice Pires. Para el ejecutivo la palabra clave es integración. “Pronto los países de América del Sur ya no podrán mirarse aisladamente”, dice.