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Especial Ciudades

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Con herramientas como los presupuestos participativos, ciudades buscan soluciones propias a problemas comunes. Pero no pueden escapar a la lógica nacional. Rodrigo Lara Serrano

Al revés de la famosa frase sobre las familias, todas las ciudades infelices se parecen y todas las ciudades felices lo son a su manera. Quizás por ello no hay demasiadas ciudades “felices” en Latinoamérica: construidas, segmentadas y dirigidas siempre con imposiciones desde lo alto –sean teorías urbanas, imitaciones de la metrópolis de turno de otros continentes o intereses inmobiliarios de corto plazo–, los ciudadanos de a pie sólo votan alcaldías, normalmente asociadas a una disputa política nacional. Ello es insuficiente en una era de megalópolis de 3 a 30 millones de habitantes.

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¿Cómo resolverlo? Una tentación es apostar a más de lo mismo: imitación acrítica de modelos ajenos y bajada de línea de soluciones tecnocráticas bien intencionadas. Un camino más arduo supone incrementar la participación de los vecinos, de modo que haya la percepción de un mayor protagonismo a la hora de decidir sobre proyectos específicos y el testeo de soluciones implementadas en otras urbes más cercanas a la realidad local. Aun así, el éxito no está asegurado: con cuotas de pobreza que oscilan entre el 40% a 50% en demasiadas ciudades relevantes, hasta las soluciones urbanas más felices caminan por la cornisa disruptiva de la desigualdad social, al menos hasta que la economía del país se enriquece por sobre los promedios históricos previos.

Justamente, a los skaters de la ciudad argentina de Rosario les gustan las cornisas. No las simbólicas, sino las de metal y concreto. Pero una urbe que todavía recibe migrantes de lejanas provincias pobres no tenía entre sus prioridades crear un skatepark. Hasta que los jóvenes descubrieron el Presupuesto Participativo. “Los chicos presentaron el proyecto e hicieron todos los trámites”, dice la arquitecta Alejandra Monti, que ha trabajado en proyectos de planificación urbana de la ciudad. Aunque aun así no lograron los fondos, gracias a la publicidad que obtuvieron al organizarse “la plata la va a poner una empresa privada y el municipio va a donar un espacio para la construcción”.

El Presupuesto Participativo es una de las cosas que han comenzado a darle a la otrora “Chicago argentina” un plus sobre muchas de sus hermanas. El modelo consiste en subdividir el municipio en distritos, cada uno con su propio director de desarrollo urbano, que tiene como responsabilidad un plan específico. “La gente vota los proyectos de su distrito: desde un semáforo a un pavimento”, explica la profesional. Aunque la parte del presupuesto sometida a deliberación es mínima, “democratizó un poco estas cuestiones”. Y ha permitido pasar de la queja a una posición de lanzar soluciones. Así, hay reuniones “en que se definen las propuestas y luego se votan durante varios días”.

Como un plus simbólico, la alcaldía (que en Argentina se llaman intendencias) socialista que implementó este rediseño encargó a arquitectos argentinos de fama mundial, como César Pelli, el diseño o reciclamiento de las sedes de los distritos, lo cual le ha dado una jerarquía arquitectónica a la iniciativa.

Alianzas sectoriales

Un Programa de Presupuesto Participativo similar hay en Medellín, Colombia. A él se agrega “el Consejo Territorial de Planeación, conformado por representantes de las principales fuerzas vivas de la ciudad”, dice Víctor Manuel Quiroz, subdirector de Comunicaciones de la alcaldía. “Éstas postulan ternas al alcalde para que elija a uno que represente al sector o agremiaciones (mujeres, comerciantes, educación, salud, sindicatos, industriales, organizaciones ambientales, centros de investigación)”.

Imagen de paradero de micro en curitiba

Sus funciones son operar como “una instancia de consulta previa para la aprobación del Plan de Ordenamiento Territorial y del Plan de Desarrollo del alcalde”. También existe una Feria de la Transparencia, evento público “donde se anuncian las inversiones del próximo año, para que las personas naturales o jurídicas se preparen para participar en las licitaciones públicas para prestar bienes y servicios al municipio”.

Este conglomerado de mecanismos de interconsultas explica gran parte del éxito de Medellín en los últimos años, en que se sacudió el lastre de su asociación con ser el centro de la economía de la droga. Destaca la lucidez de haber desarrollado un método de seguimiento y diagnóstico permanente: el Programa Medellín Cómo Vamos (PMCV), una alianza interinstitucional privada cuyo objetivo es hacer evaluación y seguimiento a la calidad de vida en la ciudad. “Las circunstancias que vive Medellín en términos de calidad de vida son mejores que las de Bogotá”, dice Piedad Patricia Restrepo, su coordinadora. Y esto es efecto de que “la responsabilidad en muchos aspectos, como la educación, salud, innovación, ciencia y tecnología y emprendimiento, no está en manos exclusivas de la administración de la ciudad, sino que tiene un componente de responsabilidad del sector privado”.

Restrepo ejemplifica con el caso de Pro Antioquia, fundación sin fines de lucro que colabora con el municipio. “Como en el tema de educación con el voluntariado empresarial, con programas para afianzar los procesos en colegios públicos y hay estudios que han demostrado cómo han mejorado la dirección de las instituciones y los aspectos académicos”. En esa línea, las mejoras en las redes de transporte y salud han logrado una inclusión social más alta.

Pero Medellín es también un recordatorio de que las ciudades están, finalmente, dentro de un país y una economía determinada. El último informe de PMCV revela que el desempleo en la ciudad está en 13,9% y alrededor del 50% de la economía sigue siendo informal. Lo que es consistente con una tasa de pobreza de 38,4% y de indigencia de 10,2%. La segunda de las cuales aumentó de 2009 a 2010 y con el hecho de que, en el sextil más pobre de sus habitantes, el 24% no pueda pagar la factura del agua. No es ajeno a estos números el arribo anual (2010) de 30.000 desplazados por la violencia.

Sin llegar a los niveles de otras épocas, la violencia volvió a crecer. Restrepo reconoce que 2009 y 2010 han sido difíciles. “Ha habido esfuerzos por mejorar las condiciones de seguridad, pero desde décadas atrás el problema es difícil de resolver”.

El “efecto país” también ha sido fuente de empuje extramunicipal favorable en Brasil para ciudades como Vitória, en el estado de Rio. “Si bien no tiene la misma sofisticación de los grandes centros urbanos, creció bastante en los últimos 10 años”, dice Cristiano M. Costa, profesor de Economía de la Fucape Bussiness School. Allí está ocurriendo lo que Medellín, con la reciente llegada de Hewlett Packard, quisiera que se generalizara: “Ya atrajo a varias empresas importantes a instalarse, como Petrobras, Arcelor-Mittal, Vale y Samarco, aunque deja un poco que desear en servicios”.

Se trata de un fenómeno que se repite en una constelación de urbes de los estados de Rio, São Paulo y Rio Grande do Sul: Gramado (a 120 km de Porto Alegre), San José dos Campos, Ribeirão Preto (a 319 km de São Paulo), San José de Rio Preto (a 451 km de São Paulo) y donde destacan Sorocaba y Campinas (a 87 y 99 km de São Paulo, respectivamente).

Parques Huertas

Lo que ocurre en los estados de São Paulo y Rio, en Brasil, es un “efecto cascada” virtuoso: el arranque económico prolongado crea subcentros que se convierten en polos. Tal fenómeno no es integralmente positivo: crea tensiones que incuban nuevos problemas si los municipios no poseen flexibilidad y capacidad para anticiparlos.

Es lo que sucede en Arequipa, Perú, donde “no existe una visión de orientar el crecimiento de la ciudad, utilizando la experiencia de la capital”, dice Rafael Chirinos de Rivero, gerente general de la Cámara de Comercio de la ciudad. “Si bien somos conscientes de que en Arequipa y en muchas otras provincias se tiene una mejor calidad de vida que en Lima, no estamos haciendo nada por crecer ordenadamente”. Es efecto de un centralismo que es aún apremiante, pero que “sin embargo en las provincias también se crea un centralismo con otras ciudades vecinas”.

Rosario subdividió al municipio en distritos, cada uno con su propio director de desarrollo urbano, que tiene a su cargo un plan específico.

En el mismo camino que Arequipa de tasas de crecimiento aceleradas debido al boom del complejo industrial sojero, los biocombustibles, inmobiliario y de sus varios puertos fluviales, Rosario intenta lidiar mediante un plan de largo plazo, que incluye integración de diferentes clases sociales en espacios públicos, centros de salud de atención primaria y centros juveniles.

En ese contexto, su programa de Parques Huertas es novedoso en la región. Nació como una evolución de un clásico programa de huertas urbanas en la crisis económica de 2002-03. “Hoy tenemos cerca de 50 hectáreas, 20 hás produciendo huertas, plantas medicinales y aromáticas, y otras 30 hás que son más bien de parques”, dice el agrónomo y máster en agroecología Antonio Lattuca. Unas 250 familias cultivan bordes de vías férreas, autopistas y riachuelos. “La misma gente que trabaja, saca la verdura –que es orgánica– y se comercializa en ferias de la ciudad y bolsones de verdura ecológica a domicilio”, dice el coordinador del Programa de Agricultura Urbana. “Si no lo hiciéramos, serían ocupadas por viviendas precarias inadecuadas, con riesgo de vida para sus ocupantes”. Algunas funcionan como centros de formación. Para Monti, como “entre la presión de la urbanización y la de la soja, no hay ahora más espacio para huertas en los alrededores de la ciudad”, este proyecto, “si bien no soluciona el problema, ha generado una alternativa”. Los terrenos siguen siendo municipales y no pueden venderse, pero los huerteros no son empleados de la alcaldía.

La iniciativa llama la atención dentro de Argentina y también de municipios como los de Belo Horizonte, Santa María del Triunfo, Bogotá y Medellín. Pero no es fácilmente replicable. Es que la felicidad urbana es un animal no siempre fácil de amaestrar.