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Ránking de Millonarios 2011

Adiós a Wall Street

Cada vez más ricos latinoamericanos optan por gestionar su fortuna con asesores locales e invertir en sus propios países o la región. Mala noticia para la banca privada.

A fines de 2008, la familia Clariond de Monterrey recibió la peor noticia financiera en la historia de este acaudalado clan que hizo su fortuna en el negocio del acero: decenas de millones de dólares que sus miembros habían invertido en Estados Unidos se habían esfumado. Un año antes, los Clariond habían recaudado un buen botín al vender su empresa siderúrgica IMSA al grupo industrial argentino Techint. Una parte de esos dineros la destinaron a un fondo de un conocido inversionista neoyorquino: Bernard Madoff. Los Clariond no fueron los únicos latinoamericanos que perdieron millones con el fraude más grande de la historia. Se calcula que hasta 4.000 inversionistas de la región fueron estafados por Madoff, principalmente a través de varios fondos que el Banco Santander había apostado por la firma estadounidense. El propio banco español admitió pérdidas por unos US$ 3.280 millones en ese esquema Ponzi.

El caso Madoff simbolizó el fin de un romance de décadas, e incluso siglos, entre las grandes fortunas de América Latina y los magos de las finanzas en el mundo desarrollado. Históricamente, los ricos de la región solían estacionar su dinero en la banca privada de Estados Unidos, Inglaterra o Suiza. Algunos lo hacían huyendo del riesgo financiero que significaba la inestabilidad política, otros para buscar ventajas tributarias y, algunos, para ocultar sus fortunas (como fue el caso del ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari o del ex dictador chileno Augusto Pinochet).

Sin embargo, el colapso del sistema financiero en 2008 y casos bullados como el de Madoff terminaron por convencer a muchos acaudalados que confiar a ciegas en los expertos de la banca internacional puede ser una mala jugada.

“Después de la crisis, los grandes clientes de América Latina vieron muchos conflictos de intereses en Wall Street, productos que no entendían, muchos perdieron mucho dinero con Madoff y, por eso, han buscado asesores independiente,”, dice Santiago Ulloa, CEO de Genspring, una firma de inversiones con sede en Miami que asesora a varias familias latinoamericanas.

El caso de Chile es uno de los más claros. Casi todas las grandes fortunas del país han creado en los últimos años sus propias firmas que gestionan sus activos líquidos. Los Solari, dueños del retailer Falabella, que opera en varios países de Amérca Latina, cuentan incluso con dos de estas oficinas: Megeve, de Reinaldo Solari, y Corso, de Teresa Solari.

Compuestos normalmente por ex banqueros con los que han trabajado antes, estos llamados family office sondean los mercados locales, regionales e internacionales en busca de los mejores retornos para sus clientes. En promedio, en estas oficinas trabajan unos cuatro expertos a tiempo completo. A diferencia de otras firmas de inversiones, no suelen cobrar participación en las ganancias, sino un sueldo anual fijo. Cada acuerdo es diferente, pero, según Ulloa, una regla general es que los asesores cobren entre 0,5 y 1 punto porcentual de los activos líquidos que se gestionan.

Algunas oficinas incluso se encargan de asuntos que van más allá de lo financiero, como buscar las mejores oportunidades de educación para las generaciones herederas y diseñar y ejecutar los planes de sucesión o profesionalización de las empresas de sus clientes.

Según los conocedores de este mercado, para que valga la pena crear un propio family office normalmente una familia o individuo necesita disponer de al menos US$ 100 millones libres para invertir. Para aquellos que cuentan con US$ 20 millones a US$ 30 millones la mejor opción son los llamados multi-family offices, firmas que gestionan las inversiones de varias familias. Según un informe de Citi Group, actualmente existen unas 500 oficinas de inversiones dedicadas a una o varias familias.

Y es un negocio que se seguirá expandiendo. Según un informe de Merrill Lynch, el segmento que la banca privada define como HNWI (individuos con alto patrimonio neto, por sus siglas en inglés) mueve a nivel mundial unos US$ 32,8 billones  al año. Y en el caso de América Latina, creció 8,3%  en 2009, el año de la crisis, llegando a 500.000 personas. Los HNWI normalmente tienen al menos US$ 1 millón invertidos en activos financieros.

“Antes, los grandes clientes latinoamericanos tenían tres banqueros en el extranjero, pero hoy quieren estar más encima de sus inversiones”, dice un alto funcionario del banco de inversiones suizo UBS. “Ahora existe una capa intermedia entre los banqueros internacionales y los clientes en la región, y esa capa es el asesor local. Es él quien obtiene los mejores precios para su cliente”.

El funcionario, que trabaja en los mercados latinoamericanos y pidió reserva para su nombre, afirma que no se trata de una competencia entre la banca privada y los family offices, ya que los productos más sofisticados se siguen estructurando y ofreciendo en los mercados financieros más desarrollados. Sin embargo, reconoce que esta tendencia ha reducido los márgenes de la banca privada. “Los asesores locales cotizan con muchos bancos, y después de la crisis de 2008 ya no confían a ciegas en ninguno, simplemente buscan obtener el mejor precio para sus clientes. La tajada de la torta es menor que antes”.

Viva América Latina

El desencanto de los ricos latinoamericanos con la banca privada internacional no sólo tiene que ver con el colapso financiero de 2008. También está el hecho que, en los últimos años, los mejores retornos han estado en los mercados emergentes. Entre enero de 2009 y enero de este año, por ejemplo, el Bovespa, el principal índice de la Bolsa de Sao Paulo, creció 42%. Las bolsas de Santiago, México, Lima y Bogotá también han tenido un sólido auge.

Según Ulloa, de Genspring, los brasileños acaudalados han invertido entre 70% y 75% de su dinero en activos locales. Un estudio de Merrill Lynch destaca que 47% de las inversiones de los latinoamericanos más ricos se destinan al mercado local o regional. Aunque no hay cifras históricas, expertos del sector aseguran que, tradicionalmente, las grandes fortunas del país solían invertir tres cuartas partes de sus activos financieros en los mercados desarrollados.

A diferencia de los ricos en Europa o Estados Unidos, los latinoamericanos siguen siendo bastante conservadores en sus inversiones. El estudio de Merrill Lynch pronostica que en 2011 los millonarios de la región destinarán 35% de sus activos financieros a las acciones, 31% a bonos corporativos y soberanos, 13% al mercado inmobiliario y sólo 8% a inversiones alternativas, como hedge funds o private equity. Pero la luna de miel con los mercados locales, en especial las bolsas, podría terminarse este año. Muchos creen que estos mercados han topado techo o que están ya sobrevalorados. Esto explica en parte que este año muchas bolsas de la región arrojen un crecimiento negativo. “Los ricos se están saliendo de las acciones locales y están volviendo a las bolsas de Estados Unidos, donde ven más oportunidades de crecimiento”, dice Ulloa.

Mientras tanto, la banca internacional se lame las heridas. El patrimonio que gestionan las firmas de inversiones del Banco Santander, que se vio tan afectado por el caso Madoff, ha caído 14,6% entre enero de 2010 y enero de este año, según datos de la Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva y Fondos de Pensiones de España (Inverco).  Y las gestoras del banco español BBVA han sufrido una caída de 28,7% en el mismo lapso.

 

“Hay un cambio estructural (en el mercado de la gestión de patrimonios) que es de largo plazo”, dice Ulloa de Genspring. “Es un camino sin retorno”.